Viernes, 22 de Junio de 2018
 

Bendita Independencia. Historia de una chica que vivió en la zona extrema de Monterrey / Cuento de Marionn Zavala / El Barrio Antiguo



Bendita Independencia

La historia de una chica que vivió –y murió- en la zona extrema de Monterrey

Por Marionn Zavala / El Barrio Antiguo

Ilustración por Haydeé Villarreal

Hay ficciones que retratan a carta cabal la realidad. Este es un ejemplo de ello. De lo que vivieron, viven, cientos y miles de personas en los territorios del narco, de la violencia, de la impunidad. Este es un cuento, sí, pero sin duda es la historia de cualquiera de los miles de levantados, asesinados o desaparecidos en el México de los últimos años.

                                                           ***

 

A mi hermano Francisco.

Cierro los ojos, le doy a mi cuerpo la oportunidad de ser ligero, convertirse en nada. Me han desatado las manos, abro mis palmas y acaricio el aire, siento cómo la brisa del mar juega con mis cabellos, respiro aire puro.

¡Respiro! Apenas siento la lágrima que corre por mi mejilla derecha, escucho un sonido hueco y mi cuerpo cae al mar como si fuera la última hoja de otoño, tan ligera con la brisa, con el aire, con un par de lágrimas que no se sienten.

Estoy tranquila, el alma duerme.

                               ***

—Son las cinco y media de la mañana. Recuerde que el día de hoy estamos regalando boletos para ¡el evento radiofónico masivo del año! Sigan al pendiente de esta su estación: “La mejor JKM”.

—¡Laura! ¡Apaga ese maldito radio que no deja dormir a nadie! Y ya levántate, porque ni creas que hoy pagaré un taxi para ir a dejarte.

Abro los ojos, salto de la cama y trato de encontrar el botón para apagar el radio; nada mejor para despertar como la voz de mi mamá apurándome.

—¡Chingada madre! Otra vez me robaron esos pinches huercos malandros, ¡pero ya verán, cabrones! Que cuando les caiga La Sur, van a andar cagados del susto.

Y ese seguramente es el vecino. Con muchos esfuerzos ha sacado adelante su tiendita. Ya muy pocos vecinos van a comprarle; no sale de vender cheve a los borrachos, y en el barrio dicen que lo están obligando a vender droga. Pobre Don Pedro, seguramente fue de nuevo la banda de Los Pelones que no lo dejan ni a sol ni a sombra.

—Pero, ¿por qué tardas tanto, Laura? Apúrale que tu hermana también tiene que ir a la escuela. ¡Si no nomás eres tú mijita!

Apenas alcanzo a salir de la regadera; mejor dicho, mi mamá abre la puerta y me saca a empujones. Eso es lo peor de ser la mediana de tres hijos. Hace nueve meses mi hermano mayor desapareció. Acababa de cumplir dieciocho, y tres días después de su cumpleaños, no se supo más de él en la cuadra. La verdad lo extraño, me gustaría que estuviera aquí. Siempre me defendía de Los Pelones y de esas chavas que parecen teiboleras. Mi papá casi no toma, pero cuando lo hace llora mucho y le reclama a mi mamá, dice que por su culpa Josué se fue. Yo dudo mucho que mi hermano se haya ido por lo poco de dinero que aportaba a la casa, pero al mismo tiempo me da miedo pensar que lo hayan agarrado esos hombres de negro, unos rapados y otros de melena larga que se creen mucho sólo porque conducen un camionetón o un carrazo del año; son unos torpes. Pobres afrentosos, roban esos carros a quién sabe quién y luego suben y bajan por la colonia llenos de orgullo como si fueran gente importante. Les tengo odio por lo que se rumora en el barrio, y también miedo porque me la paso sola con Lupita (que es mi hermana menor) y no me gusta cómo se nos quedan viendo cuando regresamos de la escuela o vamos a comprar leche. Pero si Josué se fue, yo defenderé a Lupita; apenas tiene ocho años, nadie le hará daño.

                                       ***

—¡Carmen! Diles a tus hijas que ya no alcanzan a desayunar, que ya se vayan pa’ la escuela, a ver qué comen cuando vuelvan.

Mi papá grita desde el cuarto y mi mamá nos acompaña hasta la esquina, nos da diez pesos a cada una, nos besa en la frente, nos aprieta los cachetes y nos da su bendición. Todos los días es lo mismo, hay que bajar con cuidado las calles empinadas y sin arreglar (llenas de baches y pozos de agua y drenaje que no taparon), soportar un olor de orines, de animales muertos, de basura pudriéndose en la calle y hasta tener cuidado de no toparte con un borracho que se quiera pasar de listo, o verlo hacer pis o del dos detrás de un carro. Así de “hermosa” es la Indepe, así de “chula”, como dice mi papá.

Yo no entiendo por qué mi papá ama tanto a esta colonia. A mí no me inspira nada, me da asco. Cuando se lo digo sólo se ríe y sale con sus comentarios machistas que prefiero ignorar: “Ay, pero si la mujercita apenas está en tercero de secundaria y ya cree saberlo todo. Vete a hacer tortillas con tu mamá, mijita, y pásame otras cheves, pa’ platicar con el compadre”. A pesar de todo admiro mucho a mi papá. Es un buen hombre, o al menos trata de serlo; se roba la luz con unos diablitos sólo cuando Lupita se nos enferma y tenemos que decidir si pagar la luz o llevarla con el doctor. Se emborracha porque el pobrecito no termina de sacar para los recibos, sólo por eso le perdono que a veces sea a como es; es mi papá y tengo que ayudarlo.

De tanto andar pensando, Lupita casi se me cae a una zanja. Lo bueno es que alcancé a cacharla y no se raspó sus rodillas. Ya falta poco para llegar a su escuela. Antes había una primaria más cerca de la casa, pero los maestros protestaron por la inseguridad, y como la SEP no les hizo caso, dejaron de dar clases. Luego se hizo tremenda huelga de papás, que al final sólo quedaron en cambiar a los alumnos a otra primaria. Mi hermanita va en tercero, está en el cuadro de honor. Ojalá que estos maestros no se vayan porque entonces ella ya no aprendería y dejaría de tener esos diplomas con los que llega a casa.

Ya estamos por llegar y estoy cansada, mis pies me hacen “tun tun, tun tun” y me lastima una piedra que traigo en el zapato. Es que no le he querido decir a mamá que se me rompieron porque no tenemos para comprar otros. Prefiero aguantarme un poquito más y talonearlos, para que cuando ella tenga dinero yo pueda decirle, y entonces sí, no me cansará caminar tanto. Nosotros vivimos en la “parte más bonita de la Indepe”, según mi papá. Para no hacerlo enojar me quedo callada, pero, ¿cómo una colonia en lo alto de un cerro puede ser bonita? Cuando le pregunto a mi papá “¿Por qué vivimos aquí? Mejor vámonos a otro lado”, me acaricia el cabello y me dice sonriendo: “No, Laura, nosotros somos privilegiados, tenemos vista panorámica de Monterrey”. Yo he creído que esa es la razón, porque vivimos muy arriba, o así lo sienten mis pies cuando bajamos a la Macro. Nuestra colonia se llama “Tanques de Guadalupe”. Lo mejor de vivir en la Indepe es la basílica. Me canso mucho para bajar, pero todo lo vale por estar un rato con la virgencita.

—¡Órale, Lupita! Ya métete al salón. Guardas bien la lonchera porque quién sabe si habrá comida pa’ de rato, y cuando venga por ti me esperas adentro; ya sabes que no me gusta verte sentada en la banqueta. ¡Córrele!

Le doy un beso y me espero hasta verla entrar a su salón. Pobre de la Lupita, a veces la escucho moquear por las noches. Ella cree que no lo hago, pero estoy muy atenta. A veces no puedo dormir por escuchar a mamá haciendo cuentas, otras veces por las parrandas de mi papá con sus amigos, pero lo que más, más me deja despierta es pensar en Josué, y la Lupita llora porque lo extraña. También llora porque quiere un juguete y mamá no se lo puede comprar, o porque tiene hambre, y algunas veces pienso que llora sólo porque ya se acostumbró a llorar. Pero yo sé que saldremos de este bache. No será como esos de la calle que nunca arreglan, ¡no! Saldremos adelante, y yo le compraré todos los juguetes que quiera y le daré de comer hasta que sus tripas no le gruñan, y hasta Josué volverá con nosotros y todo será como antes. Cuando yo tenía su edad, las cosas no eran tan complicadas: papá no bebía tanto y yo no escuchaba llorar a mamá. Esos tiempos volverán, las cosas no pueden volverse peor.

 

                                               ***

 

Ya mero llego a la secundaria. Se me olvidó hacer una tarea de matemáticas, pero ahorita se lo copio a Marta. Ella es mi mejor amiga, yo le ayudo con historia universal y ella a mí con el álgebra. Yo soy bien burra en cálculos, pero soy la mejor en ciencias naturales. Después de terminar la prepa quiero entrar a la facultad de medicina, y ya si no puedo pagar la carrera, pues, de perdido entrar a una prepa técnica de enfermería. Mi mayor sueño es ser doctora, como Meredith Gray, y encontrarme al hombre de mis sueños, así de guapo y alto como en las películas.

Se terminó la escuela, pero no he parado de pensar en Josué. Todo iba normal: las pláticas de Marta, los regaños del profe Emilio y los clásicos sermones de la directora al terminar el receso, pero algo fue diferente. Escuché a la profe del segundo C platicando en susurro que encontraron a seis muchachos muertos en la carretera, de dieciocho a veinte años, amarrados de pies y manos con cinta canela y con el “tiro de gracia”; que varios chavos son de la colonia y que algunos familiares ya habían ido a reconocer los cuerpos.

Eso me dejó helada. Me fui corriendo al baño para tranquilizarme y echarme agua en la cara, me quería dar el asma y no traía en mi mochila el inhalador. Entraron varias compañeras al baño y me oculté en uno de los sanitarios. Las escuchaba hablar. Una de ellas se sentía mal porque no se decidía por el color de su vestido, morado o rosa, la otra soltaba el llanto porque su novio la había cortado ayer. Mientras yo pensaba en mi hermano, en Josué, y dónde estaría ahora. Imaginaba con los ojos cerrados la sonrisa de mi hermano cuando comencé a llorar. Entonces Marta encontró mi escondite, y sin necesidad de decirle algo, simplemente me abrazó y se quedó así, en silencio. Las otras chavas se fueron. Marta les dijo que tenía cólicos, que andaba hormonal.

                                       ***

Después de salir del baño ya nada fue igual. No me concentré en computación y en el taller de costura no avancé mi patrón para chaleco de caballero mediano. No hacía nada más que pensar, no me decidía en decirle o no a mamá, tenía mucho miedo que Josué fuera uno de esos muchachos. No sabía qué hacer. Lo que daba vueltas a mi mente era la fecha límite para reconocer los cuerpos: veintidós de mayo. Si asistías luego de esa fecha, los cuerpos serían cremados y perderías la oportunidad de saber si era o no tu familiar. Pero… ¿por qué precisamente el veintidós? Ese día cumpliría mis quince años. Hace dos semanas le rogué a la virgen que de cumpleaños me regresara a mi hermano o al menos que me hiciera saber en dónde estaba; ya como mucho le pedía verlo, tenerlo conmigo y abrazarlo. Mis papás no me pueden hacer una fiesta, ni comprarme un vestido ni un vino elegante ni una foto. Creo que muy apenas habrá pastel; bueno, eso nunca me ha faltado. Lo que me llenaba de ilusión para ese día era bailar con mi hermano, desde chica es lo único con lo que siempre he soñado. El vals principal con tu papá, luego con tu hermano y después los familiares. Con mi papá desde chiquita he bailado, pero con mi hermano no. Él prometió que bailaría conmigo al cumplir quince.

Una sensación de escalofríos y miedo recorrió mi cuerpo. En mi mente sólo había espacio para Josué, el veintidós de mayo y la decisión de decirle o no a mi mamá.

—¡Laura! ¿Qué andas haciendo por aquí? Y… ¿la Marta?

Esa voz, esa hermosa voz, era Javier, el músico del barrio, el amor platónico de la mayoría de las chavas en la secundaria; su pegue le ha durado desde su generación. Sólo ha tenido una novia, y recién cortó con ella porque salió embarazada de otro chavo. Cuando me enteré quería arrastrar a la vieja por las greñas. Él y yo somos amigos desde muy chiquitos. Yo tenía siete años y él nueve, íbamos juntos al catecismo. Por mí conoció a Josué y tiempo después se volvieron amigos. En las tardes iba a la casa a jugar futbol con él, y yo le hacía de la árbitra. Siempre trataba de marcarle penales a favor de Javier. Creo que mi hermano siempre sospechó lo que sentía por él, pero… ¡qué más! Yo formo parte de ese montón de chavas que sueña con ser su novia, ¡y quién no! Alto, güero, de ojos saltones color miel, sabe tocar la guitarra y tiene un conjunto grupero que siempre toca en las fiestas del barrio; es inteligente, pero no tiene dinero para estudiar la prepa.

—¡Hola Javi! Ya tenía tiempo sin verte. Marta tuvo que acompañar a su mamá a la clínica y se fue poco antes de salir de la secu. ¿Cómo has estado? ¿Entrarás a la prepa este año?

—No creo, ahorita estoy ayudándole a mi mamá con los gastos de la casa. ¿Y tú? ¿Cómo andas? ¿Ya saben algo de Josué?

—No, aún nada. Bueno, sí, un poco.

No pude contener el llanto y me puse a llorar como cuando papá no me compró el microhornito mágico, pero esta vez lloraba más fuerte, con más rabia. Nunca había experimentado ese sentimiento de no tener las cosas en tus manos, de no saber donde está un ser amado, de no poder tomar una decisión, de ser inferior ante la sociedad, de ser una niña de catorce años.

Le conté a Javier lo que había escuchado en la secu, sobre la maestra y aquella noticia que me tenía llorando y el coraje que sentía por no saber qué decir o hacer, por sentirme tan tonta esperando un milagro.

Después de un rato, Javier me secó las lágrimas y me pasó un kleenex para los moquillos. Nos sentamos un ratito en la banqueta frente a la escuela de Lupita, faltaba poco para su hora de salida.

—Creo que tenemos que ir al hospital.

—¡No, Javier! Yo no quiero, me da mucho miedo

—¿Miedo de qué?

—¿Qué tal si ahí está Josué? ¿Cómo se lo diré a mis papás? ¿Qué haremos?

—A mí me da más miedo no estar enterado de las cosas. Si así fuera, que Josué estuviera ahí, ¿te gustaría que lo quemaran? ¿Así, sin haberte despedido de él?

Javier tenía razón, y me dolía mucho que la tuviera. Sonó el timbre de salida y Lupita venía corriendo muy feliz. Su sonrisa se parece mucho a la de mi hermano. Por un momento creí haberlo visto, pero no, no era él. Abracé a Lupita y me despedí de Javier, le dije que luego lo buscaría en su casa y hablaríamos. Me abrazó muy fuerte y me dio un beso muy cerquita de los labios y se fue.

                                               ***

 

Lupita se sonrió y no dejó de burlarse de mí en todo el camino: “Son novios, son novios”. Saltaba de un lado al otro y me picaba la panza, luego me decía “Cuéntame, cuéntame, no le peinaré a mamá”. Me reía por verla más emocionada que yo, pero tenía que explicarle que no era así, que Javier sólo era mi amigo, no fuera a ser que se le saliera decírselo a mamá y luego seguro papá se enteraría, entonces no querrían que me juntara con él y no podría solucionar nada de Josué. La tomé de los hombros y le dije:

—No, Lupita. Javier y yo no somos novios, él me ve como una hermana, así como yo te quiero a ti.

—¡Giu! Pero yo no te ando besando en la boca, qué asco, ni te lavas bien los dientes.

Después de eso se empezó a reír y me sacó la lengua. Al fin la pude convencer de que era sólo mi amigo y me prometió no decir nada con mis papás sobre sus ideas. Faltaban unas cuadras para llegar a casa cuando sentí unos brazos que me jalaban. Era Marta y estaba llorando.

—¡Necesito que me ayudes, Laura! ¡Ayúdame! ¡Mi hermanito se está muriendo!

El rostro de Marta chorreaba de agua, yo no sabía si eran lágrimas o sudor. Ella vive unas cuadras más abajo de donde estábamos, y se oía agitada, jadeaba cada vez que hablaba. La senté en un escalón de la larga escalera de cemento que nos lleva hasta la casa. Hacía mucho calor y el pavimento ardía, pero era tanto el cansancio de Marta que pareció no sentir nada. Saqué una botella de agua que traía en la mochila, pero como estaba algo caliente, la mezclé con un jugo de uva que traía Lupita y se lo di a tomar. Se relajó un rato y echó la cabeza hasta atrás. El cuello le tronó y entonces volvió a llorar, y tomándome de las piernas me dijo:

—¡Necesito que me acompañes a las similares! Mi hermano arde en fiebre por una bala perdida. Mamá y yo acabamos de regresar de gine. No quisieron atenderla porque se venció la supervivencia de mi abuelo y nos regresaron a la casa para buscar el montón de papeles que nos piden para comenzar el trámite del seguro, ¡otra vez!

—Pero a las similares no lo podemos llevar. Acuérdate que no se quieren ensuciar las manos con ningún herido ni esas cosas. ¿Dónde está tu hermano? Vamos corriendo a tu casa y nos lo llevábamos al hospital.

—¡Pero no van a querer atenderlo!

—¿Cómo se van a negar si tu hermano lo necesita? ¡Vamos!

La levanté del brazo y bajamos las escaleras corriendo. Lupita estaba muy asustada y me repetía que nos regañarían en casa por no haber llegado a tiempo. Volteé a mirarla y vi que las lágrimas le resbalan por los cachetes. Sabía que no podía llevar a Lupita, ¡se asustaría mucho! Javier era el único que vivía cerca de la casa de Marta. Toqué a la puerta y él salió. No tuve tiempo de explicarle nada, sólo le rogué que cuidara de Lupita hasta que yo volviera, le dejé nuestras mochilas y seguí corriendo detrás de Marta. Cuando llegamos a la cuadra de la casa de Marta, vimos que todos los vecinos se asomaban desde sus ventanas o las puertas, pero nadie acudía en ayuda a los gritos de la mamá de Marta. Todos parecían no escuchar nada, sólo observaban; ni el rostro se les conmovía, ¡nada! Parecían de esos payasos que trabajan en Morelos, nada más que ellos no tenían la cara pintada de blanco, ni los labios negros ni esos pantalones pegados y camisas con rayas horizontales blancas y negras. Ellos no eran payasos, pero tampoco eran seres humanos; quien no haya sentido compasión, ni el mínimo brote de ayudar a quien lo necesita no es una persona para mí, es un objeto.

Entramos a la casa. La mamá de Marta tenía en sus brazos a Gabriel (el hermanito de Marta, de piel blanca, cabello rojo y ojos grisáceos). Gabriel no se parece en nada a Marta porque son de diferente papá. Dicen que el de él era gringo y por eso salió así. En cambio Marta es morenita, de ojos negros y cabello castaño, pero aún así ellos se quieren mucho. Gabriel es un año menor que Lupita.

La mamá de Marta no dejaba de gritar cuando se desmayó. Por más que tratamos que volviera en sí, ella no despertaba. Marta y yo la recostamos sobre el sillón, ella cargó a Gabriel como si fuera un bebé y salimos de la casa. No teníamos mucho dinero, así que pedí un taxi pirata. Son los únicos que suben hasta la colonia, ningún taxista quería llevarnos al hospital, así que tuvimos que prometerle a uno que le daríamos para cuatro caguamas. El camino se nos hizo eterno. Marta no dejaba de llorar y yo presionaba con fuerza la herida de bala en el cuerpecito de Gabriel para evitar que siguiera sangrando. El señor escuchaba Kombo Kolombia a todo volumen mientras cantaba la canción: “Te olvidaré amor, aunque me duela, te olvidaré amor, aunque me duela”, mezclándola con el llanto de Marta, los quejidos de Gabriel y el tun tun de mi corazón que se aceleraba por no saber qué hacer.

 

                                               ***

 

Al fin llegamos al hospital. El taxista dijo que él volvería a la colonia, que más nos valía pagarle lo de las caguamas. Marta bajó corriendo del taxi hacia la entrada de la clínica; yo le grité que sí al taxista y me apresuré con Marta.

La gente nos miraba asustados. Gabriel lloraba y gritaba de dolor porque había dejado de presionarle la herida, el uniforme de Marta estaba manchado de sangre. Yo corrí hacia la ventanilla de urgencias y le grité a la secretaria que un niño baleado estaba agonizando y necesitábamos atención urgente. La secretaria se asomó y después de ver a Gabriel llamó asustada a los enfermeros. Ellos llegaron y recostaron a Gabriel sobre una camilla y lo pasaron junto con Marta a una sala de observación mientras yo me quedé con la secretaria a arreglar el papeleo.

—Pero ellos no tienen vigente la atención del seguro social.

—No, no, es que su mamá se tardó en arreglar la supervivencia de su abuelo, pero ellos aparecen como beneficiarios.

—Lo siento mucho, pero no podemos darle atención médica.

—¿Qué? ¿¡No ve que el niño se está muriendo¡? ¡Por favor! ¡No pueden dejarlo morir!

—De verdad que lo siento mucho, pero si lo recibimos y atendemos, entonces todos querrán que pasemos por alto los procedimientos administrativos y se perderá el orden en la institución.

—¿Y qué no se supone que la institución debe garantizar la salud de todos? ¡Para eso están aquí! ¡Para eso el abuelo de ese niño ha pagado todos los años el seguro! ¡No puede dejarlo sin atención por una firma o un papel!

—Ya le dije que no puedo, señorita, discúlpeme.

La secretaria se levantó, fue a hablar con los enfermeros y en menos de cinco minutos Marta cargaba de nuevo a Gabriel y era sacada a empujones de la sala de observación. Yo estaba que no me la creía. ¿Cómo podía ser? ¿Qué haríamos? ¿A dónde? ¿Con qué dinero? ¿Con quién?

Los ojos de Marta parecían tomates y el llanto de Gabriel era cada vez más lento, ya casi no se escuchaban sus jadeos. Tomé a Gabriel en mis brazos y Marta estuvo a punto de desmayarse. La secretaria mandó llamar a un vigilante y nos sacaron de la sala de espera porque asustábamos a los demás pacientes y ya no teníamos nada que hacer ahí.

Algunas personas se indignaron y gritaban a nuestro favor; le rayaron la madre a la secretaria, al IMSS, al gobernador, al presidente, gritaban desde sus asientos, pero ninguno se levantó para evitar que el guardia nos sacara de la sala. Las señoras lloraban, unas se ponían a rezar, otras pedían que por favor saliéramos, que asustábamos a los niños, pero los niños no decían nada, sólo veían el rostro de Marta, el cuerpo de Gabriel, mis lágrimas. Una señora terminó de sacarme con una patada porque le dije puto al guardia, porque le grité que él y todos sus hijos fueran mucho a chingar su madre, que su hija, su madre, su abuela, que todo su parentesco femenino eran una bola de putas, que nunca olvidaría mi cara, ni la muerte de Gabriel. La señora se levantó de la banquita de acero inoxidable que tienen en la sala de espera, sin siquiera dirigirme la palabra, y le dijo al vigilante que se retirara. Yo pensé que nos iba a ayudar, pero no, tomó el ángulo preciso y la fuerza necesaria y con su pie me dio una patada en las nalgas. Casi término en el suelo sobre el cuerpo moribundo de Gabriel. Marta se le fue encima, le arañó la cara, le repartió otro tanto de maldiciones y le escupió; la señora le dio una bofetada, le dijo vulgar, perra sarnosa, nos dijo muertas de hambre y que éramos un peligro para la sociedad, que por eso México estaba como estaba, que atentábamos contra la moral y las buenas costumbres. Hasta se burló de nosotras al ver que Gabriel ya no lloraba. Lo más curioso de esa señora es que llevaba un crucifijo en el cuello. Se arregló el cabello, se volvió a sentar, sacó un libro de su bolsa y comenzó a rezar.

Marta y yo nos sentamos al pie del águila que protege a la madre y su bebé. Durante la pelea Gabriel había dejado de llorar. Nuestros uniformes estaban manchados, olíamos a sal de sangre y sal de sudor, sal de lágrimas. Pasaron cinco minutos y Gabriel dejó de respirar. Un señor que vendía fruta preparada se nos acercó asustado y puso sobre las manos de Marta dinero, billetes de cincuenta y morralla de diez y cinco pesos. Marta no le dijo nada, yo tampoco. Él se retiró y se llevó su carretón con fruta.

 

                                               ***

                              

Creo que a Marta aún no le caía el veinte. Se levantó del piso y llamó a su casa desde un teléfono público. Contestó una tía de ella, dijo que se había enterado de todo porque una de las vecinas escribió en Facebook que Sandra (la mamá de Marta) se había vuelto loca y gritaba desesperada porque no encontraba a sus hijos. Al parecer había tenido muchos likes, y cuando ella se conectó en el ciber se enteró porque le apareció en inicio. Asustada, fue a la casa de Marta y ahí encontró a su hermana, que aún gritaba y no sabía qué hacer porque no tenía dinero. Su tía logró tranquilizarla y sólo estaban esperando que Marta se reportara.

Veinte minutos después de la llamada, la mamá de Marta y su tía llegaron. Yo tuve que regresarme a la Indepe porque me preocupaba mucho Lupita. No quise pensar en todo el camino; pensar duele, lastima. Dicen que pensamos con el cerebro, pero yo creo que también se piensa con el corazón, por eso a veces duele tanto y muchas personas prefieren no pensar.

Llegué a casa de Javier y ahí estaba jugando Xbox con Lupita. Le chisté a Javier, que se levantó enseguida al verme y cerró la puerta del cuarto donde él y Lupita jugaban. Se asustó mucho al verme manchada de sangre. Me preguntó qué había pasado, cómo me había venido así del hospital, cómo se había quedado Marta; si yo tenía hambre, si sentía sueño, si estaba triste. Le dije que no quería hablar, que tenía que irme a casa porque ya iban a dar las seis de la tarde y no quería que nos regañaran. Aparte nos daba miedo subir solas cuando empezaba a oscurecer. Javier me comprendió y me prestó ropa de su mamá. Ella es delgada, casi casi de mi físico, así que no batalle con la talla.

Le agradecí a Javier el haber cuidado así de Lupita. Lo abrace tan fuerte que casi chillo, por las emociones de unas horas atrás, por mi hermano Josué, por abrazarlo otra vez en el día. Nos separamos y de nuevo me beso muy cerca de la boca, esta ocasión dijo que me quería mucho y que siempre estaría conmigo. Tomé la mano de Lupita y nos despedimos de él.

Durante el camino, Lupita no paró de platicarme todos los juegos que jugó con Javier, los personajes y los poderes de cada uno, que Javier le había preparado un lonche más rico que los que yo le preparo, que también le hizo una sopa instantánea, que le ayudó con su tarea de matemáticas, que no paró de reír en toda la tarde, que si yo no me ponía buza me lo iba a bajar cuando fuera grande. Me empecé a reír y le dije “No seas boba, él sólo te cuidó porque yo se lo pedí, y la sopa él no la preparó, nada más le echó agua hirviendo y esperó unos minutos; ese no es ningún acto de amor”. Entonces se enojó conmigo, me soltó la mano y no habló hasta llegar a casa. Cuando al fin llegamos, no estaban mis papás y Lupita tuvo que volver a hablarme porque quería algo de cenar. Mientras cocinaba me acordé de Gabriel. Imaginé cómo Marta le hacía de comer cuando su mamá aún no llegaba del bar. Gabriel era más hijo de Marta que de su propia mamá; ella es bailarina exótica en un bar del Centro. A Marta no le gusta hablar del trabajo de su mamá, así que yo nunca le pregunto nada. Lo único que sé es que quien siempre estuvo a un lado de Gabriel fue Marta.

Cuando Lupita terminó de cenar, llegó mi mamá. Le dije que necesitaba hablar con ella, así que mandó a Lupita a la segunda planta y le advirtió que no bajara hasta que ella le hablara, sino le iba a dar con la chancla. Le platiqué a mi mamá todo lo que pasó con Marta, sobre el seguro, sobre el taxista, sobre la secretaria, los enfermeros, el vigilante, la señora que me pateó, el señor de la fruta que nos regaló dinero, la muerte de Gabriel. Me desahogué con ella, lloré todo lo que no había llorado, más por rabia que tristeza, por coraje. Le decía “¿Por qué, mamá, por qué?”, pero ella sólo me abrazaba y me pedía no hiciera tanto ruido para no asustar a Lupita. Esa noche le pedí dormir con ella y me quedé dormida entre sus brazos. Tenía miedo, miedo del miedo, miedo de la indiferencia de la gente.

No me enteré a qué hora llegó papá, sólo agradecí que fuera sábado. Hoy no hay escuela, no obligaciones, hoy se puede descansar. Eso pensé cuando llegó Lupita saltándome en la cama, pidiendo que le hiciera de desayunar, que mamá se había ido desde hace rato y no quiso despertarme, pero como ella ya tenía hambre pues no se pudo aguantar más y decidió hablarme.

Accedí a su hambre y le preparé hot cakes. Al parecer mamá quiso “chiflarnos” y compró harina preparada para que desayunáramos bien. Papá no alcanzó a desayunar, así que entre Lupita y yo nos comimos seis hot cakes.

                                       ***

 Veíamos Sabadazo cuando Javier tocó el portón. Yo andaba en pijama, así que le pedí a Lupita que lo entretuviera un poco mientras me cambiaba. Me puse una faldita y una blusa de tirantes, me solté el cabello y me pinte los labios. Cuando salí, Lupita no paraba de presumirle que se había comido tres hot cakes grandotes, que les había puesto mermelada, que esa cosa sabía muy rica y estaba pensando en pedirle a mamá que en vez de pastel le comprara frascos y frascos de mermelada para su cumpleaños. Noté que a Javier le pasaba algo porque sonreía pero no reía, y él siempre soltaba una carcajada al escuchar las locuras de la Lupita. Cuando me vio ni siquiera notó mi faldita o mi blusa. Me pidió que saliéramos, que tenía que hablar conmigo.

Comenzó a sudar de forma exagerada, las manos le temblaban y quería llorar. Lo abracé y le pedí que me contara que le pasaba, quería saber si podía ayudarle en algo. La voz se le quebró al empezar a hablar y lloró cuando terminó de explicarme. Me dijo que tenía que huir de la colonia porque los malitos lo obligaron a vender droga y hoy tenía que decir que sí o lo iban a matar. Que la bala pérdida que hirió a Gabriel era de una cuerno de chivo que traían Los Pelones, que esos la están haciendo de halcones y a los otros chavos los están obligando a vender, que precisamente ayer se les escapó Martín, el que es monaguillo en misa de seis, que buscan a chavos que no tengan antecedentes y se vean ñoños para que los militares no sospechen de ellos, que como la bala le dio a Gabriel y no a Martín, Los Pelones salieron huyendo y por eso Martín se les escapó, pero que él ya no podía hacer lo mismo porque los jefes se enojaron y mataron a uno de Los Pelones para que aprendieran a cumplir órdenes, que no sabía qué hacer y que tenía mucho miedo.

Me quedé callada un rato porque no sabía qué contestarle o cómo ayudarle. Igual que él, yo tenía mucho miedo; nada más pensar que le pasara algo me llenaba los ojos de lágrimas, y no quería volver a chillar porque estaba cansada. Reuní fuerzas de no sé dónde y lo primero que le dije fue que lo quería mucho, que daría todo lo que estuviera en mí para poder ayudarle. Pero no tenía dinero, o pistolas, o personas importantes que nos ayudaran, no tenía nada, entonces lo único de valor que tenía era mi cuerpo. Javier volvió a llorar y me abrazó, dijo que estaba peor que una niña porque yo tenía más valor que él, que se había enterado por las vecinas de todo lo que hice junto con Marta en el hospital, que me agradecía al menos haberlo escuchado. Apenas iba a abrazarlo cuando llegó mi mamá y lo solté despistadamente. Ella pidió la salida temprano en el trabajo porque después de platicarle lo de Gabriel quería estar con Lupita. Así que aproveché que ella estaría en casa para bajar con Javier e ir a visitar a Marta.

 

                                               ***

Todo el camino la pasamos bromeando, recordando cuando él iba a la casa y jugaba con Josué, hasta cuando le tejí una pulsera con estambre y aquella vez que en un chismógrafo había escrito que me gustaba.

—Oye Laura, ¿y todavía te gusto?

—No seas bobo, Javier, ¡cómo va a ser! Eso lo escribí cuando estábamos chiquitos, ya pasó mucho de eso, ni quién se acuerde.

—Pues yo me acuerdo… ¿tú ya no te acuerdas?

Cuando Javier me dijo eso me puse colorada de la cara, él se empezó a reír y me dijo “¿No que no te acordabas?”. Soltó una de esas carcajadas como cuando se ríe de Lupita, entonces yo me molesté porque me sentí más niña que ella, como si él no diera importancia a lo que sentía. Como retándolo y regresándole la burla le volteé la cara y lo bese en la boca. En un inicio quiso despegarse de mí, pero como yo soy muy lista le mordí los labios y me aferré a él para que no me soltara… Me arrepiento mucho de haber hecho eso.

La banda de Los Pelones ya lo esperaban, y ellos vieron cuando nos estábamos besando. Cuando abrí de nuevo los ojos y me aparté de él para burlarme, Los Pelones ya nos tenían rodeados. Detrás de mí, un chavo me amenazaba con una navaja y otro de ellos amenazaba a Javier con una cuerno de chivo. Se burlaron de él, le dijeron “Ah, ¿conque fajando en plena calle con tu morrita? Te va a pegar tu mami”. Luego otro dijo “No güey, déjalo, el pendejo ya sabe que tiene que jalar, si no va a ver cuello”. Javier intentó zafarse, pero ellos no lo dejaron. También les gritó de cosas, nunca lo había escuchado hablar así; me asusté, tenía mucho miedo. El chavo que me tenía amenazada con la navaja empezó a tocar mis piernas. Yo grité, pero él me rodeo y me tapo la boca con sus manos. Javier quiso defenderme, pero le dieron un cachazo y se desmayó. Los Pelones se enojaron porque pensaron que ya lo habían matado, entonces lo subieron a una camioneta Lobo doble cabina color negro, en los asientos de adelante, y a mí me subieron en los asientos de atrás.

—¿Para qué queremos a esta puta? Mejor métele un susto y la tiramos por ahí.

—¿Estás pendejo o qué? Ya nos vio la cara. Aparte, si la dejamos libre al rato va a ir con los militares y les va a peinar, entonces si nos va a cargar la chingada a todos. ¿Quieres eso o qué? No seas güey.

—¡No mames, no! ¿Entonces qué? ¿Se la vamos a llevar al jefe?

—Pues sí güey, estoy seguro que él sabrá qué uso darle.

Los cinco se empezaron a reír y el que me tenía agarrada no soltaba mi boca y acariciaba mis nalgas. Cuando sentí que quería bajarme los calzones le mordí la mano y me soltó. Le pegue en donde pude, le pique los ojos y le di con mi codo en su entrepierna; él lloraba como una niña, se retorcía del dolor. Como yo iba a un lado de la puerta la abrí sin importarme que la camioneta estuviera en marcha. Los gritos y el forcejeo hicieron que el chavo que iba manejando estuviera a punto de perder el control del volante. Javier volvió en sí y trató de ayudarme dando manotazos a los tres que iban en la segunda cabina, pero eso sólo logró que le dispararan. Yo me asusté, y cuando iba a saltar, uno de Los Pelones me alcanzó a tomar de la pierna derecha; la mitad de mi cuerpo colgaba fuera de la camioneta. Íbamos por la avenida Revolución y sólo un niño y algunas personas que iban en el playa me vieron. El chavo de Los Pelones que conducía se dio cuenta y entró por una calle hacia la Indepe, pero en esa cuadra sólo hay casas viejas y algunas cantinas abandonadas. Se detuvieron frente a una casa que tenía propaganda electoral. Ahí me agarraron a puñetazos y me pusieron cinta en la boca, me amarraron con un mecate los pies y las manos. El chavo al que golpeé me dio una patada en mis partes. Me quedé llorando y dejé de moverme. Entre todos me subieron de nuevo a la camioneta, entonces bajaron el cuerpo de Javier, sacaron una pistola pequeña y le pusieron silenciador. Eso lo confirmé cuando le dieron el tiro de gracia y se escuchó como un estornudo. Uno de ellos decía que se lo llevaran, que allá el jefe le daría la sepultura que se merecía por cobarde, pero el cabecilla de la banda no quiso, y para evitar que sospecharan de ellos, tomó la lona del partido político, desnudaron el cuerpo de Javier y en plena tarde lo colgaron en un puente por Chapultepec, con la lona a un lado de él. Subieron de nuevo a la camioneta y se iban riendo. Uno de ellos dijo “¡Ja!, los pinches reporteros se creen cada mamada. Que piensen que es un rollo político o que lo hicieron los del 132 jajaja”. Ahí perdí el conocimiento. Me dolía todo el cuerpo, el corazón, el alma.

Desperté en un cuarto oscuro. Me habían soltado los pies pero seguía atada de las manos, en mi boca aún traía esa cinta que no me dejaba respirar bien. Pensé en Josué, en Lupita, en mamá, papá, Marta, en Javier. Pensé en toda mi familia, en mis amigos, en Dios.

Imaginé que quizá así terminó Josué, y si era uno de esos cuerpos que estaba en la morgue, le pedí perdón en donde quiera que estuviera. Oré por él y por mí, oré por mi familia, por toda la gente como la señora que me pateó en la clínica; oré por ellos porque sus ojos no les han servido de nada. Lloré por mi colonia, por mi estado, por mi país. Lloré por mí.

Me quedé dormida. Cuando desperté, el sol alumbraba por una pequeña ventanita del cuarto. Fue entonces cuando logré ver mi propia sangre. La falda y la blusa estaban manchadas, mis piernas tenían un horrible olor, me dolían mis partes. Los pechos estaban mordidos, notaba los dientes y hasta el olor de quién los mordió. Lo peor era no recordar quién lo hizo, o en qué momento o dónde estaba.

Varios hombres entraron al cuarto, uno de ellos hablaba por radio. Escuché que una voz grave le dijo “Acábala, esa pollita no nos sirve de nada”. Me sacaron de ahí con los ojos vendados, muy apenas podía caminar. Tenía hambre, me dolía todo el cuerpo, me ardían la nariz y los ojos, tenía mucha sed.

                                       ***

 

Me subieron a una camioneta. Era nueva porque olía a plástico, a pastilla de coco. Pusieron un CD de música: la Banda Jerez. Ellos no pararon de reír y de cantar. Casi se terminaba el disco cuando pararon la camioneta. Uno de ellos me bajo cargando, yo no opuse resistencia en todo el camino; ya no podía caminar.

Me quitaron la venda, pero no la cinta de la boca. Uno de los hombres me besó en el cuello y dijo “Estabas muy linda, chamaca, lástima que todo eso será pal agua”.

Cierro los ojos, le doy a mi cuerpo la oportunidad de ser ligero, convertirse en nada. Me han desatado las manos, abro mis palmas y acaricio el aire, siento cómo la brisa del mar juega con mis cabellos, respiro aire puro.

¡Respiro! Apenas siento la lágrima que corre por mi mejilla derecha. Escucho un sonido hueco y mi cuerpo cae al mar como si fuera la última hoja de otoño, tan ligera con la brisa, con el aire, con un par de lágrimas que no se sienten.

Estoy tranquila, el alma duerme.

*Cuento que obtuvo el primer lugar del Certamen de Literatura Joven Universitaria 2012 de la UANL






















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