Sábado, 15 de Diciembre de 2018
 

La invasión judía a Palestina // El piano, la llave y la fé de Nora Kurtz // Crónica



 

Por Oscar Camacho Guzmán
 
Hay historias que son una infamia. Hay historias que Dios no hubiera escrito. Lo que ocurre hoy en Palestina es una de ellas. La invasión que Israel mantiene a punta de bayonetas, balas, tanques y sangre en el territorio de Palestina es una historia de oprobio que el mundo le tolera y le perdona al pueblo judío. En Palestina, los judíos  reproducen hoy lo que buscaba el holocausto con ellos en Europa: el exterminio. Sí, la invasión de Israel les ha quitado a los palestinos casi todo y los aniquila poco a poco. Pero hay algo que no ha podido alcanzar: que los palestinos pierdan su dignidad y la esperanza de volver a ser un pueblo libre.

                                                                                                             ***

       

 

Jerusalén *** Nora Kurtz es una hermosa palestina sexagenaria que vive en Jerusalén. Tiene dulzura en el rostro y cuando habla lo hace suave, bajito y con mucha alegría. Es palestina y es cristiana. Y cada vez que alguien visita al obispo ortodoxo de Jerusalén —Atalla Hana—, ella se da gusto mostrándoles a los visitantes la maravillosa casa-museo que con tanto esmero ha construido durante años, y en donde alberga la asociación civil para la defensa de palestinos, “Existencia”.

 Todo en la casa de Nora es antiguo, pero muy bien cuidado: roperos, molinos, casos, vestidos, sedas, espejos, marcos o retratos. Y paso a paso, Nora Kurtz lo va guiando a uno por tiempos lejanos.

“Esta vajilla es la que se utilizaba aquí en Palestina hace 100 años…Este vestido es de las mujeres árabes de hace dos siglos…Este molino es de piedra caliza, con el que se molía el trigo desde hace 500 años…”

—¿Y esa llave?...-, se le pregunta a Nora Kurtz cuando en el fondo del primer piso aparece una llave tan grande que no puede pasar desapercibida, opaca por los años, pero sin un solo polvo de óxido, y colgando, como crucifijo al cuello, de un gran espejo con marco barroco.

El silencio de Nora y su sonrisa se funden por un momento. El tiempo que tardan en juntarse sus recuerdos, la llave y sus manos.

—¿Esta llave…?—, se pregunta Nora, acompañando sus palabras con un suspiro que parece huracán en su alma.

Y lo que entonces nos muestra Nora Kurtz no serán ya objetos. Comienza el paseo por su historia.

“Mira —dice bajito—, hace unos años asistí a una conferencia sobre economía con dos ponentes judíos y dos palestinos aquí en Jerusalén. No es que a mí me guste la economía ni nada de eso, no. Mis motivos fueron otros.  Así que llegué muy temprano y ocupé mi asiento. Y mientras la conferencia se desarrollaba, mis ojos no hacían otra cosa que hurgar cada centímetro de esa casa que había abierto su enorme portón para recibir el evento”.

“Era como si conociera cada esquina, cada rincón, cada parte de esa casa. Era la primera vez que estaba ahí y, sin embargo, nada de lo que veía me era desconocido. La gran sala, el patio, las escaleras, cada una de las ventanas. Y allá, en el fondo, el bellísimo piano negro. Cuando lo descubrí me paralice. Y no supe nunca cuanto tiempo quedé pasmada en él. Pero de repente los aplausos de la gente me despertaron, indicándome que la conferencia había terminado”.

“En ese momento, y mientras todos aplaudían, yo supe lo que tenía que hacer. Así que al instante alce la mano y pedí la palabra. Estoy segura que pensaron que haría alguna pregunta y me abrieron el micrófono. Y cuando subí al estrado sentí que el mundo se me iba, me maree toda y de pronto me fui a negros. ¿Fueron segundos, fueron minutos…?, no lo sé, pero toda una vida pasó en ese momento por mi cabeza”.

“Ahí, como si estuviera viendo una película, pasaron frente a mí las historias que me contaron mis padres muchas veces: El amor a su casa; la descripción de cada rincón; la adaptación que hicieron de ella para que fuera templo cristiano; los tiempos en que vivir en Jerusalén no era motivo de zozobra para quien fuera palestino. Y luego, el horror…”.

“No sé ni cómo me recuperé, pero lo hice. Y entonces me dirigí a todos los presentes.

“Gracias por estar aquí, en esta casa que alguna vez fue de mis padres. Me hubiera gustado recibirlos a todos ustedes como anfitriona de este evento. Pero en 1948 el gobierno israelí le arrebató esta casa a mis padres. Se la arrebataron por la fuerza, sin razón ni justificación alguna. Y se la quitaron con todos los muebles que estaban aquí, incluido aquel hermoso piano en el que mi madre acostumbraba tocar cada tarde”.

“Resignado a perderlo todo, y por el gran amor que le tenía a mi madre, durante años mi padre le pidió a los judíos que le regresaran sólo el piano, nada más. Pero nunca aceptaron. Pues bien, ese piano es aquel que ustedes pueden ver ahí, en el fondo. Ese era el piano de mi madre. Mi padre murió sin lograr su objetivo. Y yo solo he venido aquí para que ustedes sepan esta historia de injusticia, y para pedir nuevamente  que le devuelvan el piano a mi madre”.

“Al bajar del estrado se me acercó una señora judía y con una gran sonrisa y una mayor amabilidad me dijo:

“No se preocupe, yo soy la dueña del piano…dígale a su madre que puede venir a tocarlo aquí las veces que quiera…dígaselo por favor”.

“No lo podía creer: en lugar de ofrecerse a regresarlo, la judía solo invitaba a mi madre para que fuera ahí a tocar el piano. Me fui con la rabia y el dolor en el pecho. Y durante días no le dije nada a mi madre, que ya estaba vieja y enferma. Pero un día decidí contarle lo que había pasado y ella, con ese gran amor que le tenía al piano, me pidió que la llevara, aunque fuera para tocarlo por última vez.”

“Y sí, la llevé a pesar que tenía meses de no levantarse de la cama. Estaba ya muy enferma y yo temía que una emoción como esa terminara con su vida, pero la lleve al ver en su rostro una ilusión que durante años no le había conocido. Mejor no lo hubiera hecho. Al llegar y tocar el gran portón de la casa, lo único que me dijeron fue que la dueña se había ido a los Estados Unidos apenas unos días antes”.

“—¿Y el piano…?—, pregunté con desesperación, al ver que mi madre lloraba”.

 —¿El piano…?, ¡Ah!, se lo ha llevado la señora con ella. Dijo que si lo dejaba aquí, algún palestino se lo podía robar.

Regresé a casa con mi madre. Ninguna dijo una sola palabra en el camino. Pero a los pocos días ella falleció. Y ya no pudo nunca volver a tocar su piano.

Un hilillo casi imperceptible de lluvia baja entonces por los celestes ojos de Nora Kurtz, mientras con sus manos acaricia la causa original de su relato. Y como de ello nada había dicho, alguien se encarga de recordarlo.

—¿Y la llave, señora Kurtz…?

 —¡Ah..!, bueno, esta llave es con la que mi padre abría el gran portón de la que fue mi casa, la que los judíos le arrebataron. Antes de morir, mi padre me la dio. Me pidió que no olvidara nunca lo sucedido. Y me hizo jurar que no perdería la fe en que algún día las cosas cambiarían para los palestinos. Por eso la guardo. Ella representa la fe que tengo en que algún día, cuando los judíos nos devuelvan a los palestinos todo lo que nos han robado, yo podré volver allá y abrir, con esta llave, el gran portón de mi hermosa casa.

      

                                                                              ***

Pero Nora Kurtz no es una mujer que se haya quedado en el pasado. Su presente no se lo permite. Y ella lo sabe. Porque si bien la señora Kurtz vive aún en su hermosa casa—museo—ONG, no hay día en que no corra el riesgo de pasar por la misma suerte que sus padres.

Porque aunque parezca increíble, desde hace diez años, a ella también la han querido sacar de su casa los judíos, tal y como ocurrió en 1948 con sus padres.

Y no faltará quien piense o crea que esto que le pasa a la señora Kurtz no es más que obra del destino o del diablo, que tiene mala suerte o que alguien echó sobre ella alguna maldición.

Nada de eso.

Lo que vivieron sus padres y por lo que ahora pasa ella misma no es otra cosa que producto de la política de ocupación de Israel en Palestina. Política que comenzó con la fundación misma de Israel en 1948, cuando se  despojó a la Palestina histórica del 52 por ciento de su territorio, a fin de crear, precisamente, el Estado israelí.

Y desde entonces, la voracidad israelí no parece tener límites.

A partir de aquel momento, no ha habido día en que los judíos no se coman algo más de aquel 48 por ciento que le dejaron a la Palestina histórica.

Día con día ocupan más y más. Y actualmente, Israel tiene ya bajo su control, dominio y posesión el 82 por ciento de la Palestina histórica. A los palestinos les han dejado ya, sólo el 18 por ciento de su territorio.

En el interior de Palestina, la estrategia de despojo la encabezan los colonos que forman asentamientos en las mejores tierras palestinas, encima de sus acuíferos. Actualmente hay 470 asentamientos judíos con casi medio millón de colonos judíos, a lo largo y ancho de toda Palestina.

Cada asentamiento judío en Palestina es protegido por un cuartel militar equipado con soldados, tanques, armas de alto calibre, gases lacrimógenos, e incluso helicópteros. Pero en las ciudades la lucha es cuerpo a cuerpo, casa por casa, día con día. Ahí, los judíos hostigan, presionan, insultan, arrojan basura, gritan y crean cuanto conflicto pueden para fastidiar la vida cotidiana de los palestinos que tienen como vecinos.

Y si algún palestino se queja o se atreve a responder a las agresiones judías, siempre estará a la mano el ejército israelí para someter cualquier protesta.

La idea es cansar a los palestinos y obligarlos a que se larguen. Para que tan pronto lo hagan, ellos, los judíos, entren y tomen posesión de sus casas, primero; de las calles, después. De la ciudad, como fin último.

Y en el rumbo de esa estrategia hay dos ciudades, en especial, que desde siempre han estado en la mira de Israel, y donde la lucha casa por casa es de alta intensidad todos los días entre palestinos y judíos: Jerusalén y Hebrón. Las dos más importantes ciudades de la Palestina histórica.

     

                                                                              ***

Hebrón es una de las ciudades más antiguas del mundo. Tanto que en ella se instaló, vivió y murió el profeta Abraham o Ibrahim, en el inicio de los tiempos bíblicos. Un personaje que de haber sabido los conflictos que le crearía al mundo cientos de años después, no habría tenido hijos ni con Sara, su esposa, de donde proviene el pueblo judío; ni con Agar, su concubina árabe, simiente del pueblo islámico.

Pero así ocurrió y ni modo. Judíos y musulmanes son medios hermanos aunque no lo quieran.

 Y en la ciudad de Hebrón se haya la tumba de Abraham o Ibrahim, en lo que algún día fue la cueva de Macpela.  Ahí, los palestinos musulmanes levantaron hace cientos de años la mezquita de Ibrahim, donde tanto judíos como musulmanes veneran la tumba de aquel profeta, al que de ribete, los cristianos tienen como abuelito por adopción.

No es, por desgracia, la tumba sólo de aquel legendario profeta.

Un 25 de febrero de 1994, día del Sabbat israelí, un judío ortodoxo y fundamentalista llegó muy temprano a la mezquita de Ibrahim. Se llamaba Baruch Goldstein y era miembro del ilegal grupo sionista Kach. Médico de profesión, había servido a las Fuerzas de Defensa Israelí, y era uno de esos colonos judíos radicado en Hebrón que, en su locura, creen que para el advenimiento del Mesías, es absolutamente indispensable que los judíos recuperen toda la tierra que Dios prometió al pueblo de Israel,  a través del profeta Abraham.

Así que aquel 25 de febrero, el judío Baruch se levanto muy temprano y bajo su indumentaria de rabino se forro de varios cargadores de balas, de una decena de granadas y de un rifle M-16 de repetición automática.

De su casa a la mezquita caminó lentamente y cuando entró a ella descargo toda su rabia en cada bala y en cada granada que arrojó contra los cientos de palestinos que en ese momento le oraban a su Dios. Alá salvó a muchos de ellos, pero al final de la descarga, Baruch Goldstein miró orgulloso y con una gran sonrisa su obra: sobre las alfombras de la mezquita dejó un saldo de 29 palestinos acribillados y 120 heridos.

Los sobrevivientes terminaron con él a golpes.

Baruch Goldstein es uno de los colonos judíos que algún día llegaron a Hebrón para arrebatarle la ciudad a los palestinos. Y tras la masacre de Hebrón, los judíos más radicales lo consideraron, incluso, un “mártir” y levantaron en su “honor” un mausoleo para recordarlo, el cual, y luego de años de una difícil batalla legal, el Supremo Tribunal Israelí ordenó derribar.

No actuó en la misma línea el gobierno de Israel, pues tras la masacre, le dio una satisfacción  posmortem  a  Baruch: ordenó que la mezquita de Ibrahím fuera dividida en dos partes: el 60 por ciento de ella para los judíos y el 40 por ciento para los palestinos.

Pero además, estableció que los palestinos solo podrían tener acceso a la mezquita, dos días a la semana.

                                                                              ***

     

Eso por lo que toca a la mezquita. Porque la política de ocupación judía no dio ni un paso atrás. Fue incluso reforzada por el gobierno de Israel, que metió a 200 colonos judíos en la llamada Ciudad Vieja de Hebrón (algo así como el Centro Histórico), apoyados con cuatro mil soldados para protegerlos. 

Y fue así que a partir de 1996, y en tan sólo diez años, esos 200 colonos judíos estuvieron a punto de sacar de la Ciudad Vieja de Hebrón, a los 10 mil palestinos que ahí vivían. Muy poco les faltó, pues para el 2006 ya sólo quedaban 500 de aquellos 10 mil palestinos en la ciudad vieja de Hebrón.

¿Cómo logró Israel hacer eso?

La respuesta está en los labios de Imhada Hamdam, director del Centro de Remodelación de Hebrón. El ha vivido muy de cerca todo el proceso por el cual los judíos buscan apoderarse por completo de la Ciudad Vieja de Hebrón.

Pero esto, dice , es sólo el principio.

“Los judíos quieren controlar primero la ciudad vieja, pero su fin es controlar toda la ciudad de Hebrón, que es la más grande de toda Palestina, con 650 mil habitantes; y también la que mejor economía tiene. Hebrón tiene 3 mil empresas, 4 universidades, 30 mil estudiantes. Y por mucho que aduzcan razones religiosas, la verdad es que el gobierno israelí sabe de la importancia económica de Hebrón para la vida de Palestina, y por eso busca desquiciarla, desbaratar su productividad y hacer todo para que Hebrón no sea un puntal económico para Palestina”.

“La masacre de Hebrón fue un gran pretexto para meterse con más ganas acá. De la noche a la mañana y a partir de 1996, instalaron 427 chec-points—retenes— que dificultan toda la vida de los habitantes de la ciudad: si un estudiante quiere llegar a su escuela tarda dos horas; si un trabajador se topa con un chec-point llega tarde a su trabajo; si un camión con productos quiere circular libremente no lo dejan”.

“Pero además, todos los días los colonos israelíes incendian casas, envenenan a los animales de los palestinos, cortan sus legendarios arboles de olivo y se valen de todo para molestar”.

“Pero el mejor ejemplo de cómo están haciendo todo para matar la economía de Hebrón lo da el hecho de que del 2000 al 2003, el gobierno de Israel decretó toque de queda durante 600 días. Imagínense: durante tres años hubo toque de queda cada tercer día. 200 días por año nadie pudo salir a trabajar. Esto ha provocado el cierre de 512 comercios. Es increíble”.

    

                                                                              ***

Sobre una calle de Hebrón se ve de pronto serpentear una hilera de niños.

Ahamed tiene 12 años; Shaima, 11; Kazan, 8; Yashid, 13 y Zaid, 11 años. Tienen poco de haber llegado a Hebrón y a su edad ya saben lo que es lidiar todos los días con los colonos y soldados israelíes de esta ciudad.

Este viernes caminan juntos y riéndose por una de las calles de Hebrón. Son chamacos que fueron al Hospicio Ibrahím a recoger la ración de comida que cada lunes y viernes reparte ese centro a las familias palestinas de la ciudad. 300 kilogramos de carne de res;  100 kilogramos de tomate; 50 de alubias; 200 kilos de pollo es lo que distribuye este Hospicio cada lunes y viernes en la Ciudad Vieja.

No es que en esa parte de la ciudad haya hambre. Lo que sucede es que conseguir comida resulta todo un martirio. Los israelíes han cerrado casi todos los mercados y comercios palestinos de la zona, y los que aún quedan están rodeados por decenas de chec-points que hacen un verdadero milagro el poder librar tales laberintos.

Estos chamacos arribaron con el repoblamiento de Hebrón. Son casi nuevos en la ciudad. Sus familias llegaron con el plan que puso en marcha el gobierno de Palestina, cuando en la ciudad vieja de Hebrón quedaban ya  sólo 500 de los 10 mil habitantes que tuvo hasta 1996.

Y como nadie quería vivir en Hebrón, soportando el diario hostigamiento de los israelíes, tenía que hacerse algo.

Y ese algo fue lanzar un Plan Especial de Remodelación Histórica de la Ciudad Vieja. Con recursos internacionales —porque todo en Palestina se hace con recursos internacionales—, se convenció a la UNESCO  para que avalara y blindara los trabajos de remodelación, y a la par de ello le lanzó a palestinos de otras zonas una tentadora oferta:

“¿Quieres casa gratis, sin pagar impuestos, ni luz, ni agua?... El gobierno palestino te lo proporciona en Hebrón. Apúntate”.

Y aunque pensaron que no habría loco alguno que accediera a meterse a convivir con los israelíes, en poco tiempo se tuvo un repoblamiento con cinco mil palestinos que hoy lidian todos los días con sus “amigables” vecinos judíos.

“Sólo así hemos podido frenar un poco la invasión judía”, explica  Imhada Hamdam, quien detalla que actualmente, Israel tiene ya 5 asentamientos en Hebrón y que el Plan de Remodelación palestino es la “única forma que aún nos queda para que los israelíes no conecten sus cinco asentamientos aquí en Hebrón. Estamos remodelando edificios que tienen entre 200 y 800 años de antigüedad y cientos de casas antiguas que están quedando hermosas de verdad. Sitios que al ser remodelados quedan de ensueño, si no fuera por los judíos”.

                                                                              ***

No muy lejos de Hebrón está Jerusalén. La ciudad en la que Nora Kurtz —como miles de sus compatriotas palestinos, cristianos y musulmanes—, pasa por algo parecido a los palestinos de Hebrón que a diario son hostigados de mil maneras por sus vecinos judíos.

Pared con pared, los judíos no hayan que hacer para sacar a Nora Kurtz  y a otros miles de palestinos de sus casas: un día les ponen música a todo volumen; otro día les arrojan basura frente a su puerta; un día más los insultan y otro se burlan de ellos.

A Nora Kurtz, incluso, le han orecido dinero para que les venda la casa en donde tiene su ONG “Existencia”.

“Pero hasta en eso son miserables los judíos. Mire, mi casa vale, por decir algo, diez millones, y ellos me ofrecen sólo cien mil. ¿Pero sabe qué? Prefiero venderle mi casa al diablo, antes que a los judíos”.

Hasta ahora, ha contado con un escudo: el obispo cristiano ortodoxo de Jerusalén, Atalla Hana, un hombre que al verlo impacta por muchas razones: su enorme y redonda barba gris; su estatura de casi dos metros; sus profundos y enormes ojos azules y sus más de 120 kilogramos de peso. Todos ellos metidos de la manera más elegante en su Mandyas, el manto de color morado, con franjas rojas y blancas, que distingue a los obispos ortodoxos, del cuello al piso. Coronado con su Kamelaukion, ese birrete negro de forma cilíndrica que le cubre la cabeza y le cae sobre la espalda, y le hace ver aún más alto de lo que de por sí es. Pero sobre todo, porque pareciera que Atalla Hana flotara cada vez que camina.

Este obispo es la cabeza de la iglesia cristiana ortodoxa de Jerusalén y cuando recibe a sus visitantes especiales lo hace ahí, en la casa de Nora Kurtz, con quien ha compartido presiones judías y días amargos por el hecho de ser, ambos, palestinos.

      

Podría pensarse que por ser cristiano, el obispo Atalla Hana no tiene problema alguno con los judíos. De ninguna manera, porque también es palestino.

Y ni por ser obispo los judíos lo respetaron cuando el año pasado viajó a Brasil para el Concilio de la iglesia ortodoxa. Los filtros israelitas lo despojaron de su kamelaukion, de su mandyas, de su panagia –medallón pectoral que representa a la madre de Dios--, de sus zapatos, y lo dejaron totalmente desnudo en uno de los cuartos de revisión del aeropuerto de Tel Aviv.

No fuera a ser terrorista palestino.

“Mucha gente piensa que los palestinos son únicamente musulmanes. Pero no es así. Hay palestinos cristianos, musulmanes e incluso palestinos judíos. Ese es el problema de aquí, que los israelitas quieren hacer de su religión la base de una nación. Y eso no debe ser. El territorio es lo que define a una nación, no su religión”.

“Nosotros les hemos dicho que en Palestina cabemos judíos, musulmanes y cristianos y los de la religión que sea, o aunque no se crea en Dios alguno, con un Estado laico. Israel lo que quiere es la tierra y las casas, quiere quedarse con todo el territorio de Palestina y formar ahí un Estado judío, donde no haya nadie que no sea de la religión judía. Eso es lo más extremista que puede haber en el mundo. Por eso quieren sacar a todos los palestinos, musulmanes o cristianos.

“Por eso está tan imbricado el asunto de la religión con el control territorial que pretenden. Hoy, los rabinos judíos justifican los ataques y las agresiones en nombre de Dios. Pero eso es absurdo, no se puede justificar la violencia en el nombre de Dios. Nosotros no somos enemigos de los judíos y durante siglos, aquí en Palestina hemos convivido judíos, cristianos y musulmanes. Hemos probado que se puede vivir en paz. Pero los judíos de hoy no parecen, ni quieren entenderlo”.

“Antes de 1948, los judíos tenían el 26 por ciento de las propiedades aquí en Jerusalén; los árabes el 40 por ciento, y los cristianos el 12 por ciento. Hoy, los judíos controlan ya casi el 90 por ciento de Jerusalén, ya declararon a esta ciudad como su capital, y aspiran a que en ella no haya nadie más que judíos.

"Pero eso va a ser imposible, porque aunque no lo quieran esta es la ciudad sagrada de cristianos y musulmanes también. Aquí predicó y murió Jesucristo, aquí está el Santo Sepulcro; y aquí también está la Mezquita de Al Acsa, sagrada para los musulmanes.

¿Qué piensan hacer con eso los judíos? ¿Desaparecer esos lugares sagrados también?” ¿Borrarlos del mapa, como pretenden hacerlo con los palestinos?”.

La plática con Atalla Hana termina. Y Nora Kurtz se dirige a la planta baja.

Antes de volver a colgar su llave sobre aquel barroco espejo de donde la bajó, la señora Kurtz la aprieta unos segundos en su mano derecha y con ellas se persigna.

Sabe que por lo menos hoy, este día, ella seguirá ahí, en su casa, con su llave, con su fe, y con la esperanza de recuperar algún día, “cuando los judíos nos devuelvan a los palestinos lo que nos han robado”, aquel hermoso piano en el que tocaba su madre.

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